Elena Poniatowska

Elena Poniatowska

Elena Poniatowska, la incombustible cronista iberoamericana

Fotografía: EFE/Síshenka Gutiérrez
Texto: Macarena Soto

Elena Poniatowska Amor nació en París el 19 de mayo de 1932. Hija de mexicanos exiliados pronto marcharía a México, donde aprendería español por boca de las trabajadoras de su casa. Comenzó su carrera como periodista en El Excélsior mexicano y sus crónicas se convirtieron rápido en referencias del periodismo en español. En 2013 recibió el Premio Cervantes.

Ciudad de México.- Nacida en Francia, Elena Poniatowska pasó su infancia sin saber que su madre era mexicana hasta que la Segunda Guerra Mundial obligó a su familia, descendientes también del último rey de Polonia, a tomar un barco para regresar a América, donde aprendió español con su nana y de dónde ya nadie pudo sacarla.

“La realidad mexicana te chupa como una aspiradora”, se queja amargamente la cuarta mujer en recibir un Premio Cervantes de Literatura, premio que no asimiló hasta que vio su casa del barrio mexicano de Coyoacán plagada de periodistas.

A sus 84 años, recuerda con viveza su llegada a la Ciudad de México, el “asombro de las muchísimas naranjas” que se encontraba en la calle, “el cariño de la gente” y su perplejidad ante la actitud de los mexicanos de los años 30 “que se hacían a un lado para no estorbarte” cuando caminaban por la calle.

“Las mujeres iban con rebozo, solo les veías la mitad de la cara, se escondían. Era gente muy apocada y creo que me marcó para toda la vida”, rememora en el sofá de su casa, rodeada de libros catalogados para donar a una biblioteca pública de la capital mexicana.

ESCRITURA Y VIDA

Se reconoce “amarrada a una máquina de escribir”, circunstancia que asume sin pena aunque apunta a que en otra vida, su labor profesional habría caminado por otros derroteros diferentes a la literatura.

“Es muy matado, muy angustioso, sudas mucho frío, sufres, es súper sufrida la escritura, sobre todo si la ligas al periodismo y siempre te andan buscando para una tragedia o una injusticia”, cuenta sin preocuparse del eco de sus palabras.

Poniatowska asegura que, si viviera en otro país, podría escribir lo que tiene “en el corazón”, pero reconoce que la escritura en México “es muy demandante”, un lugar en el que “tú no eres el que mandas, ni escoges ni decides”.

Sobrina de la poeta Pita Amor, cuenta que aprendió la lengua castellana en la calle y en su casa, donde la mujer que cuidaba de ella y de su hermana le regaló todo el español que relegaría a su francés natal y al inglés que aprendió en la infancia.

“Aprendí español en la calle, escribía español horripilantemente mal hasta que entré al (periódico) Excelsior, muy chava a los 21 años”, en el que según confiesa entre risas “ponía los acentos como un salero, tas, tas, donde cayeran, hasta le ponía acento al Don”.

Poco tardó para que el español se convirtiera en su lengua favorita, un idioma que según dice es el de los iberoamericanos, que define como “redondo, fluido y amorososo”, pero sobre todo como “apapachador” porque “te envuelve” a diferencia de otros idiomas que “te mantienen a cierta distancia”.

A pesar de su talento, pasaron años hasta que en el periodismo mexicano empezaron a tomarla en serio y a dejar de lado el hecho de que una mujer no se casara joven y siguiera trabajando incluso teniendo pareja.

MUJERES MMC

“De tanta insistencia mía me pasaron a política, en México se decía que el periodismo era para las ‘Mujeres MMC’, ‘mientras me caso’. No se invertía nada en ellas, no se les daba un buen reportaje, no se levantaba un dedo por ellas”, critica.

Pese a la discriminación de género que aún perdura, apunta a que el mundo del periodismo es hoy un ámbito poblado de mujeres: ya hay mujeres directoras de periódicos, muy importantes en las noticias”, como la directora del periódico mexicano La Jornada, Carmen Lira, o la presentadora Carmen Aristegui, según ejemplifica.

La escritora tiene claro que la presencia de las mujeres en las redacciones “ha disminuido mucho la corrupción”, porque, a su juicio, las pioneras llegaron “con mucho idealismo y cierta ingenuidad e inocencia”, algo que provocó “una limpieza en el periodismo mexicano”.

“Las mujeres lo hacemos con mayor honestidad, que es algo muy importante, y luego con mayor sensibilidad, porque en mi época las causas sociales no aparecían en los periódicos, estaban proscritas, te decían que un reportaje sobre la pobreza denigraba a México”, insiste.

Amiga y colega de autores como Carlos Fuentes o Juan Rulfo, cree que ya no hay voces como las del conocido boom latinoamericano, que colocaron a la literatura en español en un lugar privilegiado.

“La literatura mexicana tuvo grandes figuras, (Octavio) Paz, (Carlos) Fuentes, Rosario Castellanos … sientes que México es inferior a su pasado”, lamenta siempre crítica con la realidad de su país, de quien alaba su pasado cultural, marcado también por el muralismo de Diego Rivera o José Clemente Orozco.

LA PRINCESA POLACA

Ligada a las raíces indígenas, la apodada también “princesa polaca” por su pasado dinástico, celebra la importancia que tuvo el zapatismo en el avance social para las mujeres indígenas.

“Fue una esperanza muy importante para nosotras, para las mujeres que solo tenían hijos como escopeta de retrocarga. De repente se levantaron y dijeron, ‘queremos tener los hijos que queremos tener y podemos tener, queremos escoger nosotras al hombre que amamos, no que nos escojan y nos cambien por un garrafón de aguardiente’”, recita.

Casada con un astrónomo, Guillermo Haro, fue buscando a Dios entre las estrellas como cuestionó sus años de educación católica: “me casé con un científico que me quitó la venda de los ojos, me llevaba con el telescopio y me decía ‘a ver tonta, a ver si ves a Dios’, y nunca lo vi”.

“Creo en la gente, en los que están aquí junto a mí, en Martina que va a hacer una sopa deliciosa, si ella no la hace, yo no como”, continúa, siempre tranquila, envolviendo todas las palabras con dulzura: “entonces uno cree siempre en los otros, uno cree en los que están junto a nosotros y también en los que están en contra de nosotros, cada quien tiene una verdad, su verdad”.