Elkin Patarroyo

Elkin Patarroyo

Elkin Patarroyo: “A nuestra ciencia le habría venido muy bien un boom iberoamericano”

Fotografía: EFE/Mauricio Dueñas Castañeda
Texto: Macarena Soto

Manuel Elkin Patarroyo es el mayor de once hermanos con los que siempre tuvo claro que haber nacido el primero le daba un derecho y una obligación. Hijo de Julia y Manuel nació en el municipio de Ataco (Colombia) el 3 de noviembre de 1946. Sus investigaciones para hallar una vacuna contra la malaria le hicieron merecer el Premio Príncipe de Asturias en 1994.

Bogotá.- A Manuel Elkin Patarroyo, el mayor de once hermanos, nunca le gustó “tener a nadie por delante”. Alumno ejemplar desde la primaria, es el único colombiano premio Príncipe de Asturias de Ciencia y Tecnología y desde su Instituto de Inmunología, que nunca abandonó pese a ofertas de Europa y Estados Unidos, se muestra seguro de que “a la ciencia iberoamericana le habría venido muy bien un boom” similar al literario.

“Habría sido maravilloso contar con una (Carmen) Balcells que nos inventara, que nos juntara”, dice Patarroyo en un avión camino de Leticia, en la triple frontera “que une Colombia, Brasil y Perú”, tal como explican los pobladores del lugar y donde desde hace 35 años el científico trabaja en la lucha contra la malaria.

El colombiano enmarca a Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes o Gabriel García Márquez, representantes ilustres del boom latinoamericano, y añade a Octavio Paz para contar los tres Nobel de Literatura que la región ha recibido en las tres últimas décadas.

“Tres en los últimos treinta años es una fantasía, igual hubiera sucedido con un boom de la ciencia. Habría que tenerlos a todos (los científicos) juntos (…), somos una serie de individuos muy individualizados tratando de resolver problemas sin tener una especie de asociación para ir todos juntos, no en una dirección pero sí con la misma actitud”, añade.

Polémico siempre -“no me importa de dónde me vengan los golpes”- ha protagonizado portadas por ir contra la opinión mayoritaria, por recibir premios o por denuncias de protectoras de animales que le acusan de maltratar a los monos con los que testa la vacuna que le hizo famoso a nivel internacional.

VACUNAS Y ANIMALES

“Sin los monos no habría ni una sola vacuna”, zanja rápido. “No habría ni una persona vacunada, no habríamos reducido drásticamente los niveles de enfermos de las poblaciones del Amazonas, donde todo el mundo nos quiere y nos apoya”, se defiende.

Crítico con la gestión que hizo la Organización Mundial de la Salud de la patente de la vacuna después de que la cediera, reconoce “ingenuidad” por su parte, pero insiste en que vender la fórmula nunca fue una posibilidad.

“Tenía una profunda desconfianza con la ética de las farmacéuticas”, introduce para señalar que cuando decidió no vender la patente tuvo “una convicción muy profunda de que no hay por qué adinerarse a expensas del sufrimiento de nadie”. “Tiene que ir para el bienestar de la gente, no para untarme los bolsillos”, agrega.

Proveniente de una familia humilde del pueblo de Ataco, años después se trasladaron a Girardot donde los once hermanos trabajaban para suplir los turnos de comida y descanso de los trabajadores del almacén de ropa de su madre. Patarroyo, que comparte nombre con su padre y dos hermanos, siempre quiso ser científico.

Cuenta que fue a los ocho años, cuando cayó en sus manos un tebeo sobre el químico francés Louis Pasteur, y se empeña en que “hay que seguir los sueños que uno tiene de niño” y en su creencia religiosa ya que, según afirma, “la ciencia no puede dar respuesta a un fenómeno como Dios”: “no me queda más que creer”.

Así, Elkin, como le llaman en su familia para diferenciarle del resto de hermanos, comenzó sus estudios en la Universidad Nacional de Colombia para poco después trasladarse a Yale y Suecia, desde donde volvería a Colombia para centrarse en la inmunología y ganar el Príncipe de Asturias en 1994.

CIENCIA Y FUTURO

“El futuro de la inmunología está aquí”, subraya respondiendo a por qué se quedó en Colombia y dejó de lado una carrera con, quizá, más proyección y reconocimiento internacional, algo que, según aclara, no le interesa “lo más mínimo”.

Asegura que no se arrepiente de haber desestimado ofertas del extranjero para contribuir a la búsqueda de soluciones para “los problemas de este mundo”, el latinoamericano, al que le unen su familia y “unas profundas raíces”.

“Con 16 años quise ir a Alemania a estudiar pero como era menor necesitaba el permiso de mis padres, que nunca tuve. Mi padre me dijo que uno debe conocer lo suyo para irse a conocer lo ajeno y a día de hoy no se me ha olvidado”, rememora.

En el bombo del Nobel de Química durante años, asegura que no se trata de que en Iberoamérica se hagan políticas de Estado para recibir galardones “sino para crear escuelas de pensamiento” que ayuden a resolver los problemas de los ciudadanos.

“Necesitamos políticas de Estado de muy largo aliento”, opina al mismo tiempo que llama a la unión en la región: “Iberoamérica tiene que unirse, la unión hace la fuerza, somos una población de casi 600 millones de personas, es un número considerable como para que cada quien ande por su lado”.

El investigador celebra la existencia de las Cumbres Iberoamericanas, cuyo XXV aniversario se cumple en este 2016, que, a su juicio, “son un conato demasiado tímido” y deberían tender a “ser más activas”, pese a que reconoce que ya son “algo de alabar así sean tímidas y sea el puro comienzo”.

A Manuel Elkin Patarroyo le paran cada cinco minutos para tomarse una foto con “el profesor”, le saludan los y las azafatas de los aviones, quienes también se acercan a pedirle un autógrafo que él regala con una amplia sonrisa de la persona inquieta que duerme cuatro horas al día.

RESPONSABILIDAD Y PASIÓN IBEROAMERICANA

“Es muy agradable, muy bonito sentir el cariño de la gente, pero también es una responsabilidad muy grande, me compromete cada vez más, a trabajar más, esforzarme más para resolver más problemas y tener más y mejores soluciones para la gente”, enfatiza tranquilo en su despacho de Bogotá.

En su casa, donde no hay un hueco de pared que no esté tapado por un cuadro de los españoles Pablo Picasso o Joan Miró pero también de contemporáneos colombianos como el amazonense Fabián Morales o la bogotana Blanca Moreno, le espera María Cristina, su pareja y pediatra de profesión.

En un paseo por las habitaciones, muestra sus favoritos y recuerda a la perfección dónde adquirió cada uno y de quién es la autoría de los mismos: “¿de quién si no iba a tener los cuadros?, de los nuestros, de los iberoamericanos”.