Enrique V. Iglesias

Enrique V. Iglesias

“La gran contribución de Iberoamérica es su mestizaje”

Fotografía: EFE/Mario Guzmán
Texto: Macarena Soto

Enrique Valentín Iglesias García nació el 29 de julio de 1930 en Asturias (España) pero todos sus primeros recuerdos aluden a Uruguay, donde llegó con apenas tres años. Estudió economía y dirigió el Banco Central y la cancillería de Uruguay, la Cepal, el BID y la secretaria general iberoamericana.

El exsecretario general iberoamericano pasa la mitad del año en su casa de Madrid y la otra mitad en su finca de la costa uruguaya. Migrante español criado y acogido por el país sudamericano, sigue reivindicando con fuerza los valores iberoamericanos que defendió de manera institucional durante nueve años, y asegura que el mayor legado de la región es nuestro propio mestizaje.

“La gran contribución de Iberoamérica es el mestizaje iberoamericano, hemos tenido problemas, guerras y desencuentros, pero muy diferentes a la realidad de otras regiones, la nuestra comparativamente ha sido una región donde prevalece la paz y la convivencia”, destaca Enrique V. Iglesias a sus 86 años.

Enrique Valentín Iglesias nació en Arancedo (Asturias), pero la miseria y la falta de oportunidades de los años 30 obligó a sus padres, Manuel e Isabel, a emigrar a Uruguay, donde encontró una sociedad que le hizo “profundamente uruguayo, siempre sin tener la menor indicación de que no lo era por no haber nacido allí”.

“Nunca la tuve, en mi vida, nunca nadie me lo hizo sentir, soy tan uruguayo como el primero y muy feliz de ser asturiano”, cuenta antes de mostrar un libro de fotos en el que se entremezclan sabores uruguayos y asturianos.

De sus primeros recuerdos en Montevideo, adonde llegó con tres años, rescata el almacén de venta de alimentos que regentaban sus padres, en el que “circulaba mucha gente” o sus primeros años de escuela en la que se integró “rápidamente”.

Defensor del sistema público de educación, no tiene más títulos que los que le dio la Universidad de la República, por los que se siente “muy orgulloso”, y le permitieron alcanzar la presidencia del Banco Central de Uruguay, la Cancillería de su país, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Secretaría General Iberoamericana.

A su juicio, una de las mejores acciones de su sucesora al frente de la Segib, Rebeca Grynspan, es la de continuar y profundizar un sistema de movilidad académica entre los 22 países iberoamericanos, así como propiciar una fuerte corriente de movilidad estudiantil.

“La distancia entre cumbres y sociedad existe en todas las experiencias conocidas. Lo que hemos tratado desde la SEGIB es abrir las cumbres a la sociedad civil. Es uno de los grandes proyectos en ejecución en el que pusimos mucho empeño que se ha continuado por la Secretaria actual, promoviendo y abriendo espacios a la participación y a la creatividad de sectores de la sociedad civil con gran potencial de aportes al desarrollo económico, social y cultural de nuestro países”

Insiste en que estos 25 años de Cumbres que se cumplen en 2016 han estado llenos de logros, entre los que subraya que durante diez años Cuba tuviera a este foro como único lugar donde poder dialogar con otros países latinoamericanos.

“La cumbre tuvo siempre un gran poder de convocatoria y una gran capacidad de diálogo entre todos los países, Cuba tuvo durante años la Cumbre iberoamericana para poder dialogar con el resto de los Jefes de Estado latinoamericanos. Hoy afortunadamente esa situación ha sido superada y la Región tiene finalmente su CELAC, un foro auténticamente latinoamericano y caribeño, pero durante muchos años las Cumbres fueron el lugar en el que todos los jefes de Estado concurrían y dialogaban”.

Unas Cumbres que acogieron a presidentes y jefes de Estado de todas las ideologías y pensamientos políticos, a veces incluso opuestos, pero en las que siempre hubo “un gran respeto por la diversidad política”, según Iglesias, que estuvo en todas y cada una de ellas, “con diferente sombrero”.

Considera que Rebeca Grynspan tuvo razón cuando, al comienzo de su mandato, decía que había encontrado un tesoro escondido en la Secretaría, porque “en estos 25 años se han hecho muchas más cosas de lo que la gente conoce”.

“Somos una comunidad de con democracias que hay que mejorar y una economías con corrientes migratorias en ambos sentidos que se van integrando en cooperación con el comercio y la inversión. Es una experiencia única que reconoce que hay una iberoamericanidad, que comparte no solo intereses sino también valores”, apunta.

Se muestra convencido de que en la región “hay una capacidad de diálogo en esa identidad que hay que mantener” además de “revalorizar todo lo que se ha hecho en estos 25 años”.” Es importante dejar constancia histórica de los logros de este cuarto de siglo construyendo una auténtica Comunidad Iberoamericana para sobre ella seguir mejorando la vida de nuestra gente”.

Asimismo, tiene muy claro que además de las relaciones políticas y económicas iberoamericanas, hay esos valores que sustentan a la propia comunidad de ciudadanos en un “mundo que está entrando en un proceso de cambio confuso enojado y violento”.

“Vamos a tener que recomponer ese nuevo mundo y los iberoamericanos tenemos la responsabilidad de defender aquellos valores, en los que creemos, y que son fundamentales para la convivencia entre todos”, apunta para “contribuir a la construcción de ese mundo y ser defensores de esos valores para convivir en paz, democracia y progreso social. Esa contribución debería unirnos mucho más”.

Y, aunque avisa de que “no va a ser fácil”, asegura que “la comunidad iberoamericana va a tener que adaptarse a las nuevas realidades”, y así “reafirmar que en esta capacidad y trabajar juntos hay objetivos a perseguir en lo económico, social y cultural”. “Estoy firmemente convencido que el Patrimonio rico y diverso de nuestras culturas es un precioso activo de nuestro presente y nuestro futuro, único a mi juicio en la realidad internacional”.

Iberoamericano “por antonomasia”, tal como se describe, afirma que nuestra comunidad como región es una “realidad que hay que ir perfeccionando”: “ya se han construido los primeros 25 años, lo cual es una suerte de milagro porque que en 25 años haya habido Cumbres anuales de Jefes de Estado y de Gobierno es un hecho excepcional”.

“No siempre estuvieron todos los Presidentes, pero nunca hubo una silla vacía”, destaca, así como “el apoyo del poder de convocatoria de la Corona española” y el “impulso inicial” del Rey Juan Carlos y de los expresidentes de España, México y Brasil, Felipe González, Carlos Salinas de Gortari y Fernando Collor de Mello que hicieron posible la primera Cumbre de Guadalajara en 1991.

“Lo iberoamericano mostró una capacidad de convocatoria que a mí me sorprende, cuando comparo y veo que en estos 25 años no debe haber habido más de 5 ó 6 reuniones Interamericanas de Jefes de Estado”, rememora.

Esa identidad iberoamericana se sustenta en corrientes migratorias en ambas direcciones entre la Península y América, y en el encuentro de intereses económicos, sociales y culturales. Pero también en una colonización que, además de sus grandes costos humanos, dejó lenguas, instituciones y formó los líderes de las revoluciones independentistas.

Lenguas y culturas en plural, respetando la “diversidad” y la enorme contribución de nuestras culturas originarias. Para Iglesias la región cada vez tiene una relación “más horizontal” y entre iguales entre América Latina y la Península Ibérica que necesita seguir siendo “alimentada”.

En definitiva recuerda: “Latinoamérica y los países de la Península Ibérica, deben responder a intereses propios y los de sus respectivas regiones, pero eso no impide que hoy como ayer se generen corrientes migratorias e intereses económicos compartidos y se encuentren similares visiones de la convivencia internacional.

América Latina defiende su propia identidad regional y resuelve sus problemas con sus principios. En América Latina nunca hubo puertas cerradas a las corrientes migratorias regionales. Vea los problemas que tienen hoy los países europeos con las corrientes migratorias de sus vecinos, desordenadas y desesperadas.